El gobierno chileno logró hoy tomar contacto a través de un pequeño ducto con los 33 mineros enterrados a 700 metros de profundidad en el desierto de Atacama."Estamos bien en el refugio los 33", rezaba una carta escrita con tinta roja encontrada en una perforadora por las autoridades, quienes iniciarán ahora la fase de rescate final que tardará meses.
El análisis de los mecanismos por los cuales al salir se cometen delitos, entierra la circunstancia de que estos delitos ya están planificados mucho antes del entrar y mucho mas antes del salir.
Ahora los que tienen que salir son los mineros. El análisis de porque fueron enterrados quedarán para el después del después. El vacuo interrogante de porque en la mina había una sola entrada, cuando por la sagrada seguridad invocada siempre en vano, el mínimo son dos entradas y dos salidas. Seguirán enterrados en 700 metros bajo tierra, equivalente a por lo menos 8 edificios de 10 pisos. Demasiado. Pero los titulares señalan una y otra vez que los esfuerzos de estos cuatro meses estarán destinados a posibilitar una salida digna.
Es decir, con vida. 33 personas que tienen el horizonte cercano de sostener estrategias de supervivencia, asistidos por la moderna tecnología que intenta solucionar las catástrofes que ella misma genera. En otros términos: enterrados vivos con una promesa de vida terrena, aunque no eterna.
Enterrados vivos. Sin ninguna operación de rescate en marcha. Con Madres en Lucha que intentan sacarlos de ese entierro sin ninguna tecnología sofisticada. Y sigue el contagio que no es virósico, no es bacteriano, es el contagio por el peor de los agentes patógenos: la cultura represora del exterminio blanco y silencioso. Todos saben que no se trata de adicciones. Todos saben que el paco es una estrategia de exterminio: cerebral, psíquica, social.

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados